lunes, 21 de enero de 2013

Lo que se siembra, se recoge.

 
En relación a las "normas de educación" en los niños, hablaba no hace mucho con una abuela en torno a la importancia de que se les insistiera en decir "Hola" o "Buenos días" y "Adiós" al interactuar con desconocidos. Contextualicemos el caso: niño de 3 años, en la típica fase de "no te conozco de nada, te miro muy serio y de reojo al menos diez minutos y luego lo mismo soy tu amigo para toda la vida... o no".
 
Pues no estoy de acuerdo. No debería insistírsele, y mucho menos obligarle ni reprobarle si decide no saludar. Es más: si queremos ahorrarnos el mal rato de ver "nuestro honor adulto" puesto en entredicho, mejor ni ponerlo en el compromiso del saludo. Así, todos tan felices.
 
Sí creo, firmemente, en que lo que me decía aquella abuela: "es que lo que se siembra se recoge". Pero, lo mismo que esa frase sería aplicable a los buenos modales (si eres educado con los demás, lo serán contigo), lo es para la educación de nuestros hijos e hijas (si respetas al niño en su individualidad y deseos, aprenderá a respetar a los otros en su individualidad y deseos). Creo que es cuestión de, convencionalismos y discursos "políticamente correctos" aparte, pensar en qué hacemos, por qué, y qué pretendemos conseguir en nuestra labor como padres/madres (o abuel@s, en este caso). Varias cuestiones, por tanto.
 
- Los adultos educamos más con nuestros actos que con nuestras palabras, ya que nuestros hijos e hijas disponen antes de la capacidad de ver e interpretar éstos que de entender nuestros discursos y parrafadas moralistas. Aceptada esta premisa, si deseamos que un niño o niña adopte por costumbre saludar amigablemente a personas desconocidas, más que decírselo, tendremos que actuar así nosotros.
 
- Por otro lado, debemos comprender que a partir de cierta franja de edad los niños desarrollan un sanísimo reparo con respecto a los desconocidos: sanísimo diría yo porque indica que su estructura cognitiva les hace comprender que no son personas cercanas, que pueden entrañar cierto peligro y que es más prudente valorar y evaluar que lanzarse a "hacerse amigo" de cualquiera. Esto, que a algunos padres y madres tanto les preocupa por lo bien o mal que les pueda hacer quedar desde el punto de vista social, es un recurso valiosísimo del que disponen los niños para garantizar su propia seguridad: de nosotros depende, con nuestra actitud y reacciones, contextualizar la conducta del niño como normal, apropiada y hasta cierto punto deseable o procurar anular este "mecanismo de defensa", despreciando su derecho a ser selectiv@ con quiénes se relaciona y en qué modo lo hace. Pero seamos consecuentes: luego no les pidamos que "si un desconocido te ofrece chuches o que te vayas con él, resístete". Hace tiempo que le enseñamos que su voluntad puede y debe doblegarse siempre que un adulto así se lo indique.
 
- En tercer lugar, siempre repito a papis y mamis la importancia de pensar "a largo plazo", planteándose qué es lo que en realidad se desea conseguir, y actuar en consecuencia. Con respecto al saludo, podemos conseguir fácil y rápidamente que nuesttro hij@ pase por el más educado del barrio. Podemos sobornarle con halagos y adulaciones, emplear algún tipo de reforzamiento material para ser positivos (menos barato pero igualmente efectivo) o, si la situación nos apura mucho, amenazarle con privarle de algo -material o afectivo... "si no dices "Hola" me pongo muy triste"- o, castigarle . Pero...!Qué narices, seamos práctic@s!. Si le metemos un bofetón o un pellizco, seguro que obtenemos los "Holas" y "adioses" más perfectos y vocalizados. El vecino de enfrente se va contento a casa (o le importa un pimiento, a saber) y nosotros hemos quedado de escándalo. Pero... aparte de manipular la voluntad de un ser humano, aparte de imponer la nuestra, ¿qué hemos conseguido? A medio plazo tendremos un niño o niña que ha aprendido a fingir un agrado y una disposición que no es real, que actúa en contra de lo que le dictan sus tripas, que se comporta con una hipocresía típica del mundo adulto. Y cuando lo hace, le premiamos por ello. No creo que sea necesario justificar más por qué no estoy en absoluto de acuerdo con obligar a un niño a saludar a un desconocido, a besar si no desea hacerlo, a pedir perdón ni mil ejemplos más que me plantean con frecuencia y ante los cuales siempre manejo el mismo tipo de argumento, porque en realidad todo se reduce a lo mismo.
 
Podemos explicar... debemos explicar-conforme nuestros hijos e hijas se hacen mayores- , al tiempo que -FUNDAMENTAL- ejemplificar en qué consisten los convencionalismos sociales, de eso no cabe la menor duda. El ser humano es un ser social y si decide vivir en sociedad (libre es si lo desea de no hacerlo) ha de aprender a desarrollarse y comportarse en ella. Pero hacerlo no significa adiestrarles en el manejo de cuatro palabras carentes de sentido, vacías de sentimiento, para luego pueda creer que disponen de cierto beneplácito encubierto para comportarse como les venga en gana pudiendo desarrollar todo tipo de conductas poco prosociales. Si realmente queremos contribuir a la educación de nuestros pequeños y pequeñas, debemos transmitir con el ejemplo nuestra actitud positiva hacia las demás personas, la sonrisa sincera (la que sale de dentro), el aprecio y entusiasmo por lo bueno y bonito de la vida -ése que se transmite con el brillo de las pupilas-. Debemos ser ejemplo y esperar, así sí, como el que siembra, porque sabremos que la consecha del futuro será pura y honesta... que es lo que hoy hace más falta que nunca.
 
Debemos fomentar que se relacionen con los de enfrente con cariño cuando dicho sentimiento les surja de dentro. Y para eso un niño debe sentir amor, bienestar y respeto propio. Ése que su abuela le enseña cuando, ante el pellizco estomacal de la decepción adulta (quizás porque no le apeteció decir "buenos días", porque esa mujer no le gustaba, o aquel lugar le daba miedo) sabe valorar lo realmente importante y realizar una apuesta por el futuro: la de la confianza y el apoyo incondicional. Los mismos que consiguen que, día tras día, el mundo le parezca a aquel niño un lugar un poquito más bello... y más seguro.

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