jueves, 12 de septiembre de 2013

Amar sin medida


Si hay algo que, a pesar de los años de trabajo nunca deja de sorprenderme, es la cantidad de padres y madres (sobre todo madres) que, aún aparentando llevar su vida en general y la educación/relación con sus hijos en particular "totalmente controlada" viven (vivimos) en un continuo torbellino de dudas, conflictos y luchas interiores. No es algo exclusivo de algunas, creo que todas andamos, con nuestros más y nuestros menos, un poco igual. Pero verlo desde fuera, que es cuando casi todo se muestra más evidente y destacado, asombra. Asombra y entristece, por qué no decirlo, porque no hay en la vida experiencia como la de "ser- siendo- madre"... y por H o por B, siempre hay algo que en cierta medida amenaza con enturbiarla.

Hoy quiero hablar de las presiones externas, pero tratando de concretar, porque este tema en relación con la crianza daría para ríos y ríos de tinta. Hoy quiero hablar del "amor sin medida" de una madre, que realmente es así, incondicional e infinito, pero que atemorizadas por lo que se dice por ahí, muchas veces se trata de dosificar. "Es como intentar ponerle puertas al campo", me digo y les digo. Y tratar de ir contra la corriente del corazón siempre trae consecuencias.

"No me gusta tenerle tan pegado a mí porque quiero que sea independiente". Pues claro. Eso es lo que queremos todos. Bueno no, exactamente no, porque, seamos sinceros/as, si por nosotros fuera tendríamos a nuestros niños/as acurricucaditos a nosotros muchos más años de lo que ell@s quieren estar. Pero sabemos que aunque el vínculo exista, poco poco abrirán las alas, emprenderán el vuelo y también deseamos que sea así. Lo que no termino de explicarme es de dónde sacamos la idea de que para que un niño/a sea independiente, confiado y seguro, hay que meterle un empujón a modo de ayuda.

El afecto de nuestros padres, su amor y apoyo incondicional, son las "pilas emocionales" de un individuo durante sus primeros años de vida. Conforme el tiempo transcurre esta influencia se comparte con la de otros elementos (amigos, pareja, etc.) pero en el inicio la fuerza motriz, la energía y la confianza la extraen de nosotros. Nos tiramos por un puente si nos sostiene un buen arnés. Nos lanzamos al vacío si abajo hay un buen colchón. Exploramos el mundo y nos atrevemos con él si, aún sin mirar atrás, sentimos el apoyo incondicional y sin medida de los nuestros. Nuestra autoconfianza se forja a partir de la que ell@s nos ofrecen. Nuestra independencia es posible, siempre que antes nos hayan dejado ser absolutamente dependientes.
 
Madres y padres que se quejan de "niños/as lapa" más por presión social que por otra cosa. "Si por mí fuera, lo tendría todo el día agarrad@ a mí, pero es que temo que se convierta en alguien débil e inseguro". No lo cojas en brazos que se va a acostumbrar. Oblígale a dormir solito, porque si no cualquiera lo saca luego de tu cama...
 
¿Habrá individuo más inseguro y atormentado que aquel que tiene que comprobar constantemente si su arnés en la vida está en esa ocasión o si por el contrario hoy ha decidido abandonarle? Esa ambivalencia en el apego, esa "lucha continua" por acaparar afectos y atenciones, que no deja der ser un lógico mecanismo de supervivencia, es de lo que tanto se nos queja el mundo exterior y que sin embargo sin saberlo fomentamos en nuestros "tira y afloja" con los niños. Si su hijo percibe que usted está deseando que cierre los ojos y parezca dormir para salir pitando del dormitorio creame, señora,le espera la noche más larga de su vida. Pero entiéndalo, no son ganas de fastidiar. Necesita de algo que usted le está racionando, como si estuviésemos en la posguerra de los besos: sólo que el amor es lo único que crece cuando se reparte y digo yo que no queremos enseñar a nuestros hijos que los afectos hay que conseguirlos con sangre, sudor y lágrimas, ¿no?
 
No me cansaré de pedirle a padres y madres casi a diario, con multitud de temas que con frecuencia me plantean, que dejen de luchar contra sus hijos. O al menos que no inicien cruzadas absurdas sobre cómo manipular los cariños, los tiempos, las atenciones. Ninguna persona se malcría por sentirse amado, nada malo se puede aprender al experimentar que puedes contar con los tuyos y, en el fondo, todos los sabemos.
 
Ese ese pellizquito en el estómago, esa penita en el corazón que nos surge cuando tratamos de poner barreras a lo que nuestra naturaleza de madres y padres nos lleva a hacer de forma instintiva. ¿Para qué negarlo? Nuestra parte más animal es la que mejor sabe lo que nos conviene como especie en estos casos. Y lo que diga la vecina... que para la vecina se quede.

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