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jueves, 6 de marzo de 2014

El mundo en el que no todo es fabuloso. Legoreflexión.

 
Si hay una frase que circula de madres a padres (o de padres o madres, o...) en el momento en el que un peque entra a formar parte de la familia es esa de "menudo lote de cantajuegos te vas a dar!!!". Enseguida hay quien refiere que su hij@ se pasó más de dos meses viendo a todas horas la misma película y que un@, por no tener más remedio, acabó sabiéndose hasta los diálogos de "Frozen". Aún recuerdo la época que tuvimos con "Monstruos S.A". O la racha "Toy Story 2". En fin, como suele decirse : "quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra". Todo tiene su razón en esta vida. Aunque la entrada de hoy no es para reflexionar en torno a eso.
 
Y es que los dibujos animados se asocian a los niños como lo hacen los cuentos infantiles, las tardes de parque, las rodillas arañadas y el pan con nocilla. Reconozco que acabé tan harta de cantajuegos que los tengo escondidos, aun cuando por la naturaleza de mi trabajo los encuentre hasta en la sopa. La literatura infantil no, esa me fascina. Desde la originalidad y profundidad de algunos textos a esas estupendas ilustraciones. Y las películas... dan mucho que pensar, sinceramente.
 
No entraré aquí a analizar la conveniencia de ver o no la tele, la importancia de restringir horarios, seleccionar contenido, etc. En alguna ocasión ha salido el tema a colación en mi muro de facebook y puede que en algún momento la traiga aquí. Simplemente, no quería quedarme con las ganas de reflexionar en voz alta, y creo que es un excelente espacio para ello, sobre cómo de un tiempo a esta parte encuentro algunas películas cargadas de un mensaje directo al corazón del mundo adulto. Que sí, que a los peques les gustan. Pero a buen entendedor pocas palabras bastan. Y si eres padre o madre y sales de la "legopelícula" totalmente indiferente, es que en algún momento te has perdido.
 
Dicen los entendidos que destripar una película o serie es hacer "spoil" y nada más lejos de mi intención. Hace dos semanas que estuvimos en el cine y desde entonces llevo dándole vueltas a lo mucho que me impactó la última parte de la misma. El comienzo, flojillo, o sería que aún no había aterrizado en la sala. Desarrollo y nudo,  decente, todo amenizado con muchos ladrillos encajables, ruedas y pivotes que, por qué no reconocerlo, son nuestra gran afición en las tardes de juego familiar. El peque alucinado en su butaca: increíble lo que le fascina la gran pantalla desde incluso antes de cumplir un añito de vida: casi ni respira. Pero fue llegar al desenlace y a mí se me abrieron los ojos como platos: una mezcla alucinantemente rebuscada de Matrix en estado puro y... bofetón de realidad sociocultural al canto. Hasta aquí puedo leer.
Que conste que los de Lego no me pagan comisión por escribir esta entrada (jejejeje). Pero si sois papis y mamis de mentes inquietas y propósito de mejora... yo me la apuntaba en la lista de cosas pendientes.
 
Batiburrillo "legomegablockmarcalacabra" resultante
de una de nuestras tardes de juego. Cuando se trata de
creatividad !todo vale! ;)
Tratando de olvidar que soy una adulta, mirándonos desde fuera, siento algo de penita. La gran mayoría de los papis y mamis de hoy somos niños y niñas incompletos en alguna medida: quizás crecimos demasiado pronto. O con necesidades no del todo satisfechas, tal vez poco aceptadas, censuradas o con heridas no cerradas. Tampoco vamos a montar un drama, pero es importante ser conscientes de ello (como expléndidamente muestra mi amiga Carmen aquí), porque de un modo u otro afecta a nuestro modo de comportarnos como progenitores. Somos seres con nuestra propia mochila experiencial... y anda que no "canta" la mochila en casi todo lo que hacemos o cómo lo hacemos!
 
¿Qué utilidad puede tener esto? Autoconocerse, autoaceptarse, autoperdonarse.... crecer. Cualquiera de estas cosas, todas a la vez. Ninguna. Cada cual paga su entrada y se lleva de la sala lo que quiere o lo que puede.
Lo que sí tengo claro es que si quieres disfrutar como un niño cuando juegas, sólo hay una regla: no existen reglas.
 
A ver cuánto nos lleva aprender a desaprender ciertas cosas.

 
 
 

miércoles, 17 de julio de 2013

Convertirse en padres...

... no implica dejar de ser personas y, ni mucho menos, pareja.
 
Anular nuestra individualidad no nos convierte en mejores progenitores, sino en sombras de lo que fuimos que difícilmente ofrecerán a sus hij@s una imagen sana e integral de lo que supone la familia en la vida de una persona.
 
En la maternidad/paternidad el lema de "la naranja entera" también es aplicable.

jueves, 14 de febrero de 2013

El barquito de cáscara de nuez

 
¿Alguna vez os habéis planteado cómo ve el mundo un niño? "Yo fui niñ@", me diréis. "Recuerdo tal, recuerdo cual, recuerdo bastante, no recuerdo casi nada". Pero, por mucho que rememoremos mentalmente, la sensación de ser niño, esa vivencia, ha quedado soterrada bajo muchas otras posteriores. De cuando en cuando, una sensación: asociada a un olor o a un sabor (la colonia que usaba la abuela, los caramelos rellenos de piñones).  Podemos concluir, más o menos intelectualmente, el cómo fue nuestra infancia. Y poco más. Una vez abandonado el País de Nunca Jamás, los adultos no volvemos. Lo rozamos, lo intuimos: al trabajar con peques, al ser padres/madres, ante una de esas sensaciones de las que antes os hablaba... Se trata de un Universo paralelo en el que no podemos entrar. ¿O será que no probamos a hacerlo?
 
Barquitos de cáscara de nuez, así visualizo yo a los niños cuando un problema, cambio o conflicto se cierne sobre la familia. Pequeños, frágiles y valientes mosquitos (como dice la canción) que han sido colocados ahí por decisión adulta y que navegan felices y confiados a pesar de su vulnerabilidad evidente en el mundo de los mayores: normas de comportamiento, reglas de funcionamiento, compromisos familiares, actividades extraescolares, viajes, rupturas, partidas, ajustados horarios y, en definitiva, un sinfín de oleajes que sortean con una habilidad espectacular en la mayor parte de las ocasiones. En situaciones más extremas la literatura habla de resiliencia -¿Quién de nosotr@s no puede considerarse un superviviente a sus circunstancias?-. En el día a día, basta observar durante un largo rato a un niñ@ para comprobar que, con la frescura y alegría con la que afrontan las cosas, hasta en los momentos más nublados cabe la posibilidad de que salga el sol.
 
Pero no nos engañemos: que nuestros pequeños mosquitos nos salgan valientes, arrojados, confiados, no nos da derecho alguno a traspasar las fronteras e "ir más allá" en nuestra increible habilidad de adultos de "tensar las cuerdas" de la vida bajo la excusa de que "es pequeñ@ y no se entera", "no tiene edad para decidir" o "eso es cosa de mayores". Desde el momento en el que un miembro se incorpora a la familia debemos hablar -y pensar- bajo la consideración de un miembro más: por congruencia y respeto -en primera instancia-- Por ahorrarnos problemas si queremos verlo desde el punto de vista egoísta.
 
Entienden. Y mucho. Tienen opiniones, preferencias, gustos y disgustos. Cualquier cosa -cualquiera!!!- puede ser explicada a un niño: para que sea comprendida según su edad y capacidades, pero, sobre todo, para transmitir a nuestra pequeña personita que como tal lo valoramos y que no se encuentra al margen de todo lo que sucede en su familia. Su micromundo de hoy le dará pautas de vida para el macromundo del mañana: un niño informado, tomado en consideración, acostumbrado desde pequeño a tomar decisiones -por muy nimias que puedan parecernos a los adultos- y llevar en compañía (que no bajo imposición) el rumbo de su vida será un adulto crítico que busque información, que no se deje llevar con facilidad, que sabe lo que quiere y no espera a que alguien se lo ponga por delante. Será el adulto que más quisiéramos muchos aunque, no nos demos por perdidos... porque no hay "mejor excusa" para mejorar como persona que tener bajo tu responsabilidad la educación de otra.
 
Barquitos de cáscara de nuez que aún no conocen el mundo ni la mayor parte de sus reglas de funcionamiento. Que se sienten vulnerables y a merced de la tormenta, y por eso (o aún a pesar de eso) confían en sus padres, abuelos y adultos cercanos para que les guién en su camino. Que precisan sentir que, pase lo que pase, se ponga lo fea que se ponga la cosa, SEGUIRÁN SIENDO PROTEGIDOS, RESGUARDADOS, CUIDADOS. ¿Lo visualizáis? ¿Podéis leer estas últimas líneas y colocaros, aunque sea por un instante en ese lugar?. Bien. Mantened esa sensación en mente y a partir de ella, haceros las siguientes preguntas:
 
 
- ¿Cómo necesitáis que vuestros padres actúen ante la muerte de vuestro ser más querido? ¿Qué os hace falta saber y qué no queréis que os cuenten?
- Pilláis a mamá vomitando en el baño. Lleva así toda una semana. Siempre que va al médico vuelve malita ¿Cómo os sentís y qué os hace falta en ese momento?
- La familia se traslada por cuestiones laborales a otra ciudad ¿cómo os sentís y qué os hace falta?
- A la hora de decidir en qué consistirá la agenda familiar del día/semana... ¿qué pediríais?
- Papá y mamá no se hablan. De repente, viven en casas separadas. Cuando vamos al cine mamá siempre invita a un amigo que no sabéis muy bien quién es ¿Cómo os hace sentir eso?¿Qué les pediríais?
 
 
La lista podría crecer. Como casi siempre, todo puede simplificarse en unas pocas conclusiones. Cuando no perdemos de vista quiénes son, en qué situación están y cómo necesitaríamos que nuestro entorno respondiense para dar lo mejor de  nosotros mismos, las respuestas a "qué hacer cuando..." vienen casi solas. 
 
No olvidemos el papel que un día nos comprometimos a jugar en la vida de otra persona:
No somos los capitanes de sus barcos. Pero sí la vela mayor que acompaña su rumbo.



sábado, 29 de diciembre de 2012

Reflexiones en la peluquería.

 
-"Puedes dejarlo llorar hasta 20 minutos, no le pasa nada. Lo digo porque yo lo he hecho y lo sé". - Comentaba una mamá A (18 meses) a otra B (6 meses) esta mañana en la peluquería.
-"Es que el papá dice que le da pena dejarla llorando". Replica B.
-"¿Pena? Pena tú, que tienes que trabajar al día siguiente". Contestaba la madre A.
- "También es que me siento culpable. La veo sólo un par de horas al día. Pero !es que se acostumbran a lo malo tan pronto!. Yo dejándola en su cuna todos los días por sistema y para una vez que la cojo, ahora quiere brazos". Plantea mamá B.
 
Las 10 de la mañana de un sábado es demasiado temprano para recibir tal bofetada de información, máxime si te dedicas a esto y lo único que querías era hacerte un simple corte de pelo. A los diez minutos, ambas madres comentan emocionadas el amplio despliegue de atracciones navideñas que la ciudad presenta este año, a dónde piensan llevar a sus peques y lo muchísimo que van a disfrutar. Realmente se las ve emocionadas.
 
Los quieren. De eso no me cabe la menor duda. Los adoran. Ambas coinciden en que es la mejor experiencia de sus vidas, lo que lo cambia todo, lo que las llena como personas. Y yo, entre punta y punta, entre capa de pelo y capa de pelo, no dejo de pensar en que hay algo que no me cuadra.
 
No saben lo que dicen. Les falta información, es la conclusión lógica. En algún momento escucharon -ambas de sus pediatras, me entero al rato- que "no puede ser" que con 6 meses no duerma sólo y de un tirón y que "ya puede ir leyéndose el "Duérmete niño" y están convencidas de que, como "es lo mejor", es lo que deben hacer. No me cabe otra cosa en la cabeza. Desconocen la otra versión de la historia, jamás han escuchado hablar de la teoría del apego, y asumen la creencia popular de que "si no tiene caca, ni sueño ni hambre no le pasa nada". Es así de sencillo. Si nadie les dice otra cosa, les plantea un "¿no has pensado que es posible que...?" con eso se quedarán. No nos confundamos... en el fondo piensan, honesta y sinceramente, que esa es la única verdad posible. No hay más opciones.
 
Recuerdo entonces la bofetada que aquella madre propinó a su hijo de apenas 2 años en pleno FIBES cuando, al ver a su padre coger el arco para tirar a diana, al niño le entró miedo y rompió a llorar desconsolado. Menuda bofetada, madre mía. Me dolió a mí. ¿Esa mujer no quiere a su hijo? Evidentemente no es la respuesta, seguro que lo adora. ¿Pensó en qué estaba haciendo y por qué? Casi seguro que no. Nos educan en la insensibilidad hacia el mundo, en la falta de empatía con el de enfrente... y si un adulto es complejo... la sensibilidad y la empatía que hay que desplegar ante un niño es puro arte.
 
¿O no? ¿Realmente es tan complicado? ¿O será que nos faltan los cuatro "chips" fundamentales para entrar en sintonía con nuestros hijos?. En plena #revoluciondelamor (Un gran ejemplo lo podéis encontrar aquí), con todo el mundo "en mis círculos" y lecturas habituales hablando de crianza con apego, respeto por los ritmos y necesidades infantiles, etc. me doy cuenta de que, si bien es cierto que cada vez más padres y madres se asoman a un "nuevo" modo de concebir la crianza, la tendencia mayoritaria sigue siendo la conductista.
 
Necesito que esta mujer pare de cortar ya, salir a la calle, tomar aire y organizar mis pensamientos. Hablar de cosas en las que estamos de acuerdo con gente con la que estamos de acuerdo no es en absoluto la solución. La demanda está en la calle. Puede que los adultos no sepan que necesitan escuchar, aunque sólo sea por una vez, otra cosa. Pero sus hijos e hijas están intentando hacerse oir... y por lo visto chillar en "idioma bebé" se soluciona cerrando la puerta.
 
No pienso decirle a nadie cómo debe criar a sus hijos. Pero de ahora en adelante, voy a buscar por todos los medios posibles, la manera de llegar a esas otras mamis y papis que sólo tienen una versión... para, aunque sólo sea por una vez, tratar de razonarles la otra.
 
No dejaré de decirlo nunca: tener hij@s es un privilegio tan grande, que me apena enormemente que alguien pueda no disfrutarlo como quisiera, por "vete tú a saber qué motivos".
 
Porque... ¿estamos segur@s de conocer nuestros motivos a la hora de educar a nuestros hij@s?


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LINKS DE INTERES SOBRE LA #REVOLUCIONDELAMOR

Ramón Soler y Elena Mayorga: La nueva revolución
Mireia Long: El viernes no se acaba el mundo
Elvis Canino: La revolución maternal
Alejandro Busto: La única revolución posible
Pilar Martínez Álvarez: Re-evolución: una revolución maternal
Leslie Power: La revolución del amor en redes y Es hora de una revolución del amor
Mª Pilar Gómez San Miguel: Cambiar el mundo con la revolución de la crianza

 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Ni se compra ni se vende.

 
Uno de los retos a los que día a día nos enfrentamos quienes trabajamos en asesoría es el de ponernos en los zapatos del de enfrente, sean o no de la misma talla que los nuestros, del estilo que habitualmente solemos calzar o de nuestro agrado personal. Durante muchos años una entrena la mente para hacer esto hasta que, un buen día, comprende que el único modo del que se puede hacer en realidad es empleando el corazón, digan lo que digan los libros de teoría. No puedes olvidar tu posición como asesora, no puedes mezclar... pero tampoco escuchar impasible lo que te cuentan, porque entonces entiendes, pero no comprendes.
 
Cuando comprendes, es más sencillo hablar. Sabes cómo ayudar. Lo ves todo más claro... la persona que tienes enfrente se te desvela tal y como es y en un "tú a tú" el camino es más productivo... aunque no necesariamente más sencillo.
 
Supongo que como a casi todos nosotros, me preocupa la situación que estamos viviendo a nivel económico y social. Bueno, en realidad a muchos otros niveles, pero este post versa sobre el primer aspecto y de momento "leeremos hasta ahí". Y me preocupa también comprobar cómo este día a día que vivimos como país se plasma en consulta en problemas que antaño quizás no existían. Familias que pasan poco o ningún tiempo juntas a pesar de dormir bajo el mismo techo, madres y padres que ejercen su labor con escasas o nulas redes de apoyo y/o consejo, constantes sentimientos de culpa sobre "lo que he hecho, no he hecho o dejado de hacer" durante la crianza porque "fulano dice tal y mengano cual". Diría yo que nunca ser padre o madre fue psicológicamente tan complicado. 
Pero, de toda la marabunta de cuestiones que con frecuencia trabajo, esta semana, no sé por qué -puede que por la cercanía de Navidades, Reyes y demás-, no dejo de pensar en uno de los últimos temas que me plantearon: Quisiera darle todo, pero no puedo.
 
¿Qué supone para un hijo o hija que "se lo den todo"? ¿En qué consiste exactamente eso? ¿Es obligación de padres y madres "darle todo a sus hijos"? Ante temas así, es cuando lo de "ponerse los zapatos del otro" se vuelve imprescindible, porque a veces creemos estar hablando de lo mismo cuando definitivamente no es así. Mis argumentos, expuestos en escasas frases:
 
- Los padres, las madres, ESTAMOS OBLIGADOS  a darle todo a nuestros hijos. Todo nuestro cariño, amor, respeto, comprensión y apoyo.
- Por lo general, afortunadamente, NO LO TOMAMOS COMO UNA OBLIGACIÓN, nos sale "de dentro" y lo hacemos gustosos. A veces con más paciencia y tino, otras veces a trancas y barrancas, pero !qué le vamos a hacer!: también somos humanos y como tales a menudo metemos la pata.
- Una vez satisfechas las necesidades más básicas en lo referente a lo material ES ESO Y SÓLO ESO lo que realmente hace felices a nuestros hijos. Lo que más demandan de nosotros. Por lo que realmente sufren si carecen de ello.
 
Con todo lo básicas que puedan parecer estas últimas líneas, tras hora y media de razonamiento y explicación, aún dudo de su aquellos padres comprendieran realmente que el problema de su hijo no era que, por culpa de la crisis, no le pudiesen comprar un regalo cada vez que él señalase con el dedo. Yo les hablaba de afecto y casi simultáneamente experimentaba cómo ellos me devolvían su ansiedad y frustración por carecer de dinero... o de todo el dinero que deseaban. Me pedían un consejo sobre cómo atajar sus problemas con la crianza y parecían no querer/poder ver que la demanda que estaban pasando por alto era la más auténtica, sincera y pura que puede hacer un ser humano: la del amor. Eso no hay cartera que lo asegure, ni banco que lo embargue... siempre y cuando seamos capaces de trascender de lo negativo del momento (que no es poco para muchas familias, y más con las Navidades pisándonos los talones) y separar lo esencial de lo accesorio.
 
Como decía la canción "El cariño verdadero, ni se compra ni se vende". Y no se me ocurre expresión más acertada cuando de un niño/a se trata.
Algunas veces... muchas veces...com éste y otros temas... creo que somos los adultos los que debemos revisar nuestra escala de valores antes de asignarle un problema a un niño. Quizás estamos perdiendo la oportunidad de disfrutar de uno de los mayores regalos que nos da la vida -la maternidad, la partenidad- por nuestros propios complejos.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Tiempo

Uno de los factores que más invito a analizar en las sesiones de madres y padres es el TIEMPO. Es frecuente que surjan dudas en torno a conductas "disruptivas" en niños y niñas, las etiquetas de TDAH se reparten como rosquillas y- cuando aún es quizás demasiado pronto para colocarlas como quien cuelga post-its-, a las mamis y a los papis nos preocupan las rabietas. Peques "pasados de rosca", que no atienden a razones, que no "obedecen". Explosiones aparentemente inexplicables de llanto, risa o ambas cosas, arranques de carácter que dejan perplejo hasta al progenitor más implicado. "¿Qué sucede?", me preguntan. Y, aunque no siempre tengo respuesta, no existen varitas mágicas y cada caso hay que verlo por separado, suelo plantearles: Contadme en qué invertís vuestro tiempo.
 
Trabajo y más trabajo, compromisos familiares, laborales, sociales y cibersociales varios: los adultos no somos conscientes (al menos hasta que el cuerpo dice "basta" y somatiza por los cuatro costados) de la barbaridad de horas que invertimos en llevar un ritmo frenético de existencia full-time. Aparentemente, podemos con todo: aparentemente. Pero ¿qué sucede con los ritmos de los niños? ¿Los conocemos, sabemos respetarlos, damos margen para que puedan mantenerlos o por el contrario los arrastramos a nuestra vorágine cotidiana obviando las señales que nos indican que evidentemente, ellos no son adultos y el estrés también puede superarles?
 
Tarde, tarde... siempre vamos tarde
 
 
Gestionar las piedrecitas que aparecen en el camino familiar implica, por parte de los adultos (que se supone que somos "los que controlamos") unas dosis importante de paciencia, eso es evidente, pero sobre todo de sensibilidad: sensibilidad para sintonizar con los ritmos de nuestros hijos, con sus verdaderas necesidades y anhelos, para alinear en la medida de nuestras posibilidades nuestras conductas y las suyas y detectar a tiempo, siempre que sea posible, los desencadenantes de los conflictos. No funciona siempre, pero sí a menudo, el escuchar como palpita "el corazón de la familia", como respiran "sus pulmones", para detectar y evitar a tiempo un "constipado relacional" de esos que, una vez en marcha, tanto nos preocupan.
 
¿En qué inviertes tu día?¿Cuánto tiempo REAL pasas con tu hij@? No en horas y cuerpo, sino en ALMA. ¿Pensaste al despertar hoy por la mañana que a lo mejor sus planes para el día que comienza poco tienen que ver con los tuyos?¿Con qué frecuencia goza de margen para decidir qué hacer, cómo y cuándo en lo que respecta a su existencia? ¿Estás especialmente ocupado o estresado? ¿Piensas que tus estreses -en negativo o no- no afectan al del resto de las personas que te rodean?
 
No es la panacea. Evidentemente no. Pero la cuestión tiempos- ritmos suele ser TAN, TAN, TAN IMPORTANTE -sobre todo cuanto más pequeños son los hij@s- que ante brotes conductuales "raros" siempre pregunto a los padres lo mismo:
 
"Piénsalo bien. Bien pensado. La respuesta es sólo tuya/vuestra. ¿Hay algo que pueda estar provocando que se comporte así?"
 
Muchas veces, la palabra TIEMPO  es la clave.